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LA LLUVIA DE LA MEMORIA En la isla, durante meses esperábamos que el viento sur se allegara a levantarnos el ánimo. Todo era lluvia y lluvia y lluvia y lluvia y lluvia. Hasta llegamos a sospechar que nuestro calendario estaba mal hecho. ¿Por qué copiar esos calendarios de doce meses que se ordenan a usanza de otras latitudes? Para nosotros existía un solo mes en el extendido andar del tiempo. Ni años ni décadas ni siglos ni milenios. La lluvia era el tiempo permanente, el ciclo de la lluvia era la eternidad y así nos lo contaba el musgo a flor de piel sobre los techos de alerce, esas selvas de musgo de las casas ancianas. Llovía y más llovía. Hasta los pasos mudos cantaban en el agua. Interminables habladuras, conversaciones acuosas humedeciendo el día, uniendo charco y charco. Aún no comprendo cómo los pájaros podían elevar el vuelo en esa masa de agua. Los grandes jotes negros, amurrados, cabizbajos, semidormidos casi, esperaban una milagrosa rajadura del cielo sobre el caballete de los techos. "En las casas donde se paran los jotes es seguro que alguien va a morir" -escuché muchas veces en el patio de mi escuela. "Los jotes sobre los techos son anuncio de muerte", era vox populi allá abajo en mi isla y en las islas cercanas. ¿Adónde más podrían los pobres jotes detenerse a meditar sus mojados sueños sin hundirse hasta el alma? Cae una gota en mis lentes de viejo. Es magia, pienso. Los Barrientos están soplando duro desde la isla, como decía don Raúl en la pensión temuquense de esa calle humedecida en mi memoria. Es magia, repienso. ¿O será que Chiloé no quiere abandonarme cuando todo se me va por la borda? Carlos Alberto Trujillo Agosto 10, 1999 |
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