Hace tiempo que debería haber incluido a Gonzalo Millán en esta antología semanal. Hace tiempo que debería haberlo incluido, así como a muchos otros poetas que he tratado de ubicar sin ningún resultado. Larga es la lista de los que faltan y que tengo muy presentes en mi memoria. Estamos habituados a escuchar frases como la muerte nos toma por sorpresa. Cada vez que alguien es alcanzado por la muerte, revolotean por todas partes frases parecidas a la anterior. Cierto y no tan cierto, diría yo. Después de todo, hace varias décadas, Borges, a quien la muerte también alcanzó, había escrito: Para morir no se necesita más que estar vivo. Así que aceptando la innegable autoridad de esa frase tendríamos que decir, aunque fuera de mala gana: La muerte no toma por sorpresa a nadie. La vida es la que nos toma por sorpresa.
¿Quién ha sido el que ha pensado en la posibilidad de vivir antes de vivir? ¿Quién el que ha tomado la tremenda decisión de vivirse, así como otros han tomado la dolorosa decisión de matarse? ¿Cuántos, a ver?
No sé por qué escribo lo que escribo que no viene a cuento ni a poema ni a nada. Tal vez no sea más que una simple jugada del pensamiento que de pronto se alborota y piensa por el puro gusto de pensar en algo que no se piensa nunca. O sea, algo así como pensar el pensamiento.
Pero basta de pensamientos impensados recién empezados a pensarse, que lo que quiero es entregarles ahora mismo una muestra de la poesía de mi querido amigo, el poeta chileno Gonzalo Millán, que nació el primer día del año 1947 y hace un par de días y, la amanecida del sábado pasado, tomó uno de sus acostumbrados vuelos, aunque en esta ocasión, a un destino del que no sabemos absolutamente nada. Se fue Gonzalo dejándonos un poco más vacíos y quizás, por lo mismo, más conscientes de lo que somos. Se fue Gonzalo, pero entre tantas cosas que nos dejó, han quedado por aquí algunas de sus pertenencias, ésas que no se van con quien se va sino que se quedan para siempre con los quienes todavía permanecen en esta orilla.
Apenas informé por este mismo medio sobre la muerte de Gonzalo, recibí un correo de Bernardo Reyes que, en parte, me decía:
Vengo llegando del crematorio del Cementerio General. No fui a la misa, puesto que creo que a Gonzalo estas cosas no le agradaban. Estaban todos los amigos. Faltabas tú. Leyeron sus poemas, primero los de su generación, Federico Schopf, Jaime Quezada, Floridor, etc. Luego los de los 80, partiendo por Zurita, Redolés, Gonzalo Contreras, Tomas Harris, etc., etc.
¿Te conté que vivía a una cuadra de mi casa? Esto hasta que se enfermó. Era una separación arreg
Carlos Trujillo
Villanova University (EEUU)
email: carlos.trujillo@villanova.edu